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martes, 24 de mayo de 2016

DOS FRAILES

Se cuenta que dos frailes, después de la comida, salían todos los días a pasear por la huerta que tenían en el convento. Hablaban de temas teológicos, sobre la Trinidad, el sexo de los ángeles…
Un día, a uno de ellos se le ocurrió cambiar esta rutina diaria, tal vez por cansancio o novedad, y le dijo al compañero:
- ¡Oye! Siempre nos hemos tratado como buenos hermanos y nunca hemos discutido. Yo creo que deberíamos intentarlo a modo de experimento. Mira: aquí hay varios ladrillos -dijo al tiempo que cogía uno-. Verás cómo lo vamos a hacer.  Yo te digo: Este ladrillo es mío  y tú tienes que decir que no, que es tuyo.

Así que el ocurrente, tomando la iniciativa, dice:
- ¡ Este ladrillo es mío!
Y el otro contesta como de costumbre, sin pensar en lo acordado:
- ¡¡Pues quédatelo!!
“La rutina es el hábito de renunciar a pensar”
(José Ingenieros)  

martes, 24 de febrero de 2015

SOLEDAD

"Cuando se pierde un amor,
en tu visión y en tu mente cambia todo"
Él se quedó solo. Su pareja desapareció un día, sin saber por qué. No tuvo más remedio que vivir confinado entre cuatro paredes, junto a otros ocupas... Pasaron muchos años hasta que encontró de nuevo trabajo. Un propietario llevaba muchos días buscando “mano de obra". Un día, por sorpresa, lo encontró:   
- ¿Qué haces tú aquí?
- Nadie me contrata; estoy solo y ya no sirvo.
- Ya veo que estás solo - contestó el empresario - ¿Qué sabes hacer?
- Muy poca cosa.
  El empresario le dijo:
- ¡Vente conmigo!, que puedo ofrecerte un trabajo fácil de realizar.
Su jefe estaba acostado en un sillón de hemodiálisis: con el brazo extendido y con dos agujas que estaban cumpliendo sus deberes. La mano, debido a la inactividad, se había quedado fría.
El empresario le dijo:
- Ahí tienes tu cometido. Llegó el momento del trabajo. Tu misión es abrigar esos dedos y esa mano ofreciéndoles calor.
Ahora él, todo contento, un poco viejo y arrugado, se siente útil y es objeto de algunas miradas. Después de tanto tiempo, ve recompensado su trabajo.  
  

 

martes, 25 de marzo de 2014

DI PEPET

Un valenciano llamado Pepe, próximo a celebrar el día de su santo, se encaprichó de auto-regalarse un loro. Un amigo le anunció que quería pasar unos días en Valencia con motivo de Fallas: pasaría por su casa para saludarle y recordar momentos agradables.
Pepe se dirigió a una tienda de animales y compró el loro. Su idea era enseñarle alguna gracia y presumir de ella ante su amigo.
Se retiró a una habitación buscando la tranquilidad y procurando que nadie le estorbara. Se sentó en una silla y sobre la mesa colocó la jaula con en el loro dentro. 
- ¡Vamos a ver, lorito! Yo me llamo Pepet y debes aprender a decirlo. 
Y así, con mucha fe y paciencia varias veces le dijo: 
- ¡Di Pepet! ¡Di Pepet! 
El loro no le hizo caso por lo que Pepe cogió la jaula por los laterales levantándola en alto y le repitió las mismas palabras:
- ¡Di Pepet! ¡Di Pepet! 
Y así varias veces. Sin embargo, el loro no cambió de conducta: distraído, miraba por la ventana. 
Pasaron varios días y otra vez reanudó el ensayo. Repitió la misma operación sin resultado alguno. El pobre Pepe, ya perdiendo la paciencia, abrió la puerta de la jaula, cogió al loro por el cuello aproximándolo a su cara y, con los ojos saltones por encima de sus gafas, insistió gritándole: 
- ¡Di Pepet! ¡Di Pepet!
Finalmente se dio por vencido. Cogió al loro y, con desprecio, lo lanzó al corral donde apaciblemente descansaban unas gallinas.
Al día siguiente se levantó, fue al corral y... ¡Oh! sorpresa!
Se encontró una gallina muerta, más adelante había otra y otra...
Al final del corral se encontraba el loro con la última gallina que quedaba viva, diciéndole: ¡¡Di Pepet!! ¡¡Di Pepet!!
 
“Mi destino es el ridículo…
No convencerá a nadie, solo provocará risas"
(Mario Benedetti)