
¡Qué bonita y turística es Cuenca! Existen dos partes completamente distintas, pero ambas con su belleza y encanto peculiar. La parte de arriba, la Serranía es un terreno abrupto y montañoso, donde se encuentra la Ciudad Encantada, el Nacimiento del Rio Cuervo, las Hoces de Beteta, Cuenca ciudad… La de abajo, la llanura de la Mancha: Segóbriga, Castillo de Belmonte, el Monasterio de Uclés…
A 30 kilómetros de Cuenca, dirección Cañamares, en el Campichuelo

existe la ruta del románico rural. Aquí se encuentra el pueblo de Torrecilla con su iglesia románica, situada en un montículo. La carretera cruza por en medio del pueblo por lo cual no pasa inadvertida para el viajero.
En este lugar pernocté varias veces. Conocí a un matrimonio genial, ya mayores: tía Mónica y tío Eugenio. Tuvieron tres hijas y tres hijos uno de ellos sacerdote.
Tío Eugenio tenía una gran filosofía de la vida: sabía desenvolverse en el diálogo con conversación amena. Era el “Quico del pueblo”: alcalde, sacristán, herrero, tenía colmenas, carpintero (hacía las cajas para los difuntos)… En fin que era un “todo terreno”.El taller, con toda clase de herramientas, lo tenía cerca de la cuadra en la cual existía una borrica.
En cierta ocasión me presenté en el pueblo con la rueda de repuesto pinchada, bajé al taller con mis desmontables y un simple martillito: me fue imposible conseguir separar la yanta del neumático. Cuando ya daba el caso por perdido, él me dijo:
-Esta juventud de hoy en día no vale para nada. ¡Déjame a mí!
Cogió la maza y dale que te pego, sudaba, hasta que consiguió el objetivo en poco tiempo. Entonces, le dije en plan de guasa:
- ¡Hombr
e… con esa maza…!
Tío Eugenio me acompañaba por los pueblos de Cuenca. Tía Mónica nos preparaba “el zurrón” bien surtido: buen chorizo en aceite y un exquisito vino casero. Una vez, cuando íbamos a montar en el coche los amigos de tío Eugenio se quedaron mirando cómo salíamos a dar una vuelta y al montarse y cerrar la puerta me comento:
- ¡Creo que mis compañeros están muertos de envidia por estas salidas que yo hago! ¡Pues que se jodan, que tengan un hijo cura! 
En una de nuestras excursiones, realicé un recorrido mayor del previsto y me faltó la gasolina. Quedaba un kilómetro para llegar a la gasolinera, que era un bar donde la servían en botellas corrientes de cristal. Nos bajamos los dos del coche, y él detrás con su garrota, empujando y yo de pie con la ventanilla abierta y la mano derecha en el volante, también empujaba. Llegamos rotos habiendo empleado en ello un gran esfuerzo. Menos mal que el vehículo fue fácil de manejar.
Otra vez estaba examinando a un futuro alumno para el colegio, en San Pedro Palmiches. Tío Eugenio, en la habitación contigua dialogaba con el padre, diciéndole:
- “Para qué quieres tener a tu hijo en el pueblo: ahora a esta edad, te puede ayudar en algo, pero dentro de poco lo tienes en la mili, después estará con la novia que se piensa casar y estará mirando con el rabillo del ojo, a ver qué le sobra al abuelo para llevárselo a su casa. ¡Manda tu hijo al colegio que estará mejor, y se hará un hombre!”
Cuando la pareja jugaba a las cartas, era para verlo, no para contarlo.¡Qué pena que en aquellos tiempos no hubiese tenido una cámara de video! Todas las tardes echaban su partida. Era una apuesta, no solamente en el juego si no que el que más gritara y el que más trampa hiciera era el vencedor. El primer día que presencié una partida dije para mis adentros:
- ¡¡ Ay madre!! Esto termina mal. 
Me equivoqué. Una vez terminado el juego, todo volvió a la vida normal.
Una vez tuvimos que ir a Cuenca ciudad a por una imagen de San Antonio, para la iglesia. Ocupaba todo el asiento trasero, de tal forma que en la parte delantera íbamos tía Mónica, tío Eugenio y yo.. Al llegar al pueblo fuimos la admiración de los vecinos: fue todo un acontecimiento.
Tío Eugenio siempre hablaba bien de su mujer y del valor que le echaba a las cosas. No le asustaba el trabajo. Lo mismo montaba en la burra para atender a las colmenas, que labraba la tierra o cuidaba los animales. Y hablando de los pechos de su señora, decía con frecuencia: “Mientras estaba dando el pecho al niño de la vecina, con el otro pecho me estaba esturreando el ojo”. También repetía: “Si alguien ha de faltar, que sea yo el primero, porque yo no podría vivir sin mi Mónica”.
Y así se cumplió.
Un matrimonio para el que en aquellos tiempos, sacar adelante a seis hijos tuvo que representar mucho trabajo y un gran sacrificio.
Al narrar estas historias me siento feliz y contento considerando que estoy cumpliendo un deber homenajeando a estas personas dignas de alabanza. Es mi manera simbólica de darles el abrazo que ya no les puedo dar. Que todos aquellos que les conocimos los tengamos en la memoria e imitemos sus buena obras.
Fotos: 1.Casa colgadas. 2. Iglesia romáica de Torrecilla. 3. Ciudad encantada. 4. Monasterio de Uclés. 5. Foto de la epoca (tía Mónica y tío Eugenio) 6. Ciudad de Segóbriga.