Nosotros éramos cuatro hermanos (todavía quedaban unos años para que llegase el quinto). Los tres primeros muy parejos: 10, 9 y 8 años y una niña pequeña. Éramos los únicos sobrinos que tenía mi tío Gabriel. Mis padres tenían una pequeña mercería en el barrio, que se creó gracias a la idea de mi tío para cuando nosotros fuéramos mayores ocuparnos de ella. Él se acercaba todos los días a casa para llevar la contabilidad. Todos los domingos nos compraba el tebeo “Flechas y Pelayos”, con su correspondiente propina o algunas chucherías. A los tres nos quería por igual. Al menos nosotros no notamos ninguna preferencia. Cuando él se sentaba a la mesa para almorzar, me fijaba cómo tomaba los jureles que mi madre con tanto amor le preparaba. Cuando pelaba una naranja, a mí me parecía un artista, viéndole cómo se desenvolvía, empleando el cuchillo y el tenedor, sin llegar a tocarla con las manos
Pasado un tiempo, cuando yo era joven e iba de vacaciones (año 1948) me dejaba la bicicleta. ¡Lo que disfruté recorriendo toda Melilla por los cuatro puntos cardinales! No me cansaba (lo que se puede hacer teniendo juventud…)
En otro verano, en vez de bicicleta, él tenía una moto “Panther”. Ocurrió lo mismo que con la bicicleta, a diferencia de que tenía que emplear gasolina.

Pasó igual con el coche y entonces sí que lo pasé en grande. Casualmente ese verano la compañía de teatro de Pepe Mairena (el que compuso la canción “Tengo una ovejita lucera”) actuaba en Melilla. Emilio el Moro y Antonio Molina formaban parte del grupo: a ambos los llevé de paseo por toda la ciudad. Me encontré muy emocionado al verme en compañía de personas famosas del escenario. Es una pena que ninguno de los tres estén ya con nosotros.
“En la vida existen momentos en los que extrañas mucho a una persona; tanto, que quisieras sacarla de tus sueños y abrazarla muy fuerte”.










Cambian los tiempos, las personas y las cosas. Nos causa cierta tristeza a los que hemos vivido tiempos remotos, ver como eliminan “cosas” que en algún momento nos han dado emoción y alegría. 








Asustada, la dueña al instante me sacó un cubo de metal con agua. Salí disparado hacia el coche con el cubo y desde la acera de enfrente oí una voz que me decía: “¡Nooooooo!”.





















